Interrogantes sobre el ministerio sacerdotal
Respondiendo al deseo expreso de nuestro Obispo Castrense de que este año sacerdotal sea motivo de una formación permanente mas intensa de nuestro clero, les ofrezco las siguientes reflexiones.
En la revista América del 12 de octubre de 1996, el Padre Robert Schmitz publicó un artículo titulado “Of Dinosaurs, Carrier Pigeons and Disapearing Priests”, (Dinosaurios, Palomas Mensajeras y Sacerdotes en Extinción) en el cual recoge una sensación bastante difundida: vivimos tiempos de extrema dificultad para el sacerdocio; y se pregunta si el sacerdote, tal como lo conocemos no es una especie en extinción. El autor expone allí una investigación en la cual se analizaron las diferencias entre grupos más “progresistas” y “conservadores” en la percepción de su relación con Dios y en el papel del sacerdote en dicha relación. Concluye que mientras para los católicos conservadores el rol sacerdotal está medianamente claro y es crucial, un modelo de sacerdocio para la Iglesia progresista aún no ha sido concebido. La nueva experiencia religiosa moldeada durante el siglo XX, que encuentra voz y legitimidad en el Concilio Vaticano II volvería de alguna manera obsoleta el sacerdocio tal como lo conocemos. En el Concilio, la Iglesia reconoce el valor de las distintas vocaciones, y llama a cada persona a la santidad según su estado de vida lo que haría vacilar nuestro imaginario sobre la figura del sacerdote.
Ciertamente, en el Concilio se permeabilizan las diferencias entre las distintas órdenes y entre los ministros ordenados y el laicado establecidas desde el Concilio de Trento, en el cual se señalaba claramente: si alguno afirma que todos los cristianos indistintamente son sacerdotes del Nuevo Testamento o que todos están dotados de potestad espiritual igual entre sí, ninguna otra cosa parece hacer sino confundir la jerarquía eclesiástica, que es como un ejército en orden de batalla”, eclesiología que se conservó durante varios siglos. En el Decreto Presbiterorum Ordinis, en cambio, se hace explícito que todos los fieles son hechos sacerdocio santo y regio, en la medida que son partícipes del Cuerpo Místico. Ahora, si todos somos llamados al sacerdocio en Cristo ¿cuál es la especificidad y el status del sacerdocio ordenado? El Concilio responde: dentro de ese Cuerpo, no todos cumplen la misma función. Cristo hizo partícipe a los apóstoles de su propia consagración, y a los sucesores de aquéllos, que son los obispos, cuyo cargo ministerial, en grado subordinado, fue encomendado a los presbíteros. Así, a través del santo Sacramento del Orden pueden obrar “como en persona de Cristo cabeza” Son funciones de los presbíteros según este Decreto, en tanto cooperadores de los obispos, anunciar a todos el Evangelio de Dios; administrar los sacramentos y en particular de la Eucaristía; y ser rectores y educadores en la fe del Pueblo de Dios. El oficio sacerdotal se puede entonces sintetizar en: anunciar la palabra, santificar a través de la liturgia y los sacramentos, y guiar a la comunidad cristiana.
En el contexto de la vida de Jesús, el sacerdocio tenía una connotación bien definida, y por lo mismo, Él jamás se atribuye explícitamente a sí mismo la función sacerdotal. Tanto en Israel como en los pueblos vecinos, el sacerdote era el ministro del culto, guardián de las tradiciones sagradas, y portavoz de la divinidad: literalmente, un adivino. En el pueblo judío en particular, el sacerdocio evoluciona desde un rol familiar, a la especialización de una tribu (la de Leví) en las funciones cultuales, para luego conjugarse con algunas funciones de tipo político que van dando forma al clero en una jerarquía definida. Aunque no son los únicos mediadores entre el pueblo y la divinidad (están también los profetas y los reyes), son fundamentalmente los sacerdotes quienes presentan a Dios la ofrenda de los fieles y transmiten a éstos la bendición divina. El sacerdote es el hombre del santuario, y su acto esencial es el sacrificio. Son también los sacerdotes los ministros autorizados de la palabra. En ese sentido, vemos que el sacerdote cristiano es heredero de una tradición que lo precede, y que en sus funciones y en su situación, a lo menos a nivel de documentos, no mantiene diferencias de fondo importantes con los sacerdotes de las tradiciones hebreas y las de otros pueblos.
Podemos decir también que se le supone al sacerdote, de manera algo vaga quizá, un cierto perfil que incluye la capacidad de ser vocero de una vida distinta a la terrena, sin desligarse de las alegrías y angustias cotidianas de los hombres. Para alcanzar dicho perfil, se proponen dos caminos alternativos, el desarrollo de un hombre virtuoso y el de la negación de sí mismo. Veremos, en futuros artículos, que implicaciones tiene esto al momento de pensar en la formación de sacerdotes y qué lecciones podemos sacar del Evangelio para dicha formación, y en cuanto tal, para la revitalización de la vida religiosa en el ámbito castrense, donde ejercemos nuestro ministerio pastoral.
Humberto Acosta Fuentes
Director de Educación y Cultura